Pelayo Monroy, el hombre detrás del Calugón Pelayo, que perdió su marca y volvió a emprender
Pelayo Monroy llegó a Santiago desde el campo y comenzó vendiendo chocolates. En los años 80 creó una caluga más grande, con nueces y un precio mayor, que terminó convirtiéndose en uno de los dulces más recordados de Chile. El Calugón Pelayo llegó a venderse en micros, calles, estadios y distintos puntos del país. Décadas después, Monroy vendió la marca, quebró y tuvo que comenzar nuevamente. Hoy, a los 64 años, continúa fabricando el producto bajo el nombre de Calugón Monroy.
La idea que convirtió una caluga en un clásico
Pelayo Monroy creció en Nirivilo, cerca de San Javier, en una familia de agricultores. Era el mayor de 12 hermanos y fue el primero en aventurarse a Santiago en busca de trabajo. La adaptación a la capital no fue sencilla y las constantes migrañas que sufría tampoco ayudaban. Mientras buscaba una oportunidad laboral encontró un aviso que solicitaba vendedores de chocolates. Como siempre había sido aficionado a los dulces, aceptó el trabajo y comenzó a recorrer las calles ofreciendo sus productos.
Pero mientras trabajaba como vendedor descubrió que sus clientes tenían mayor interés por otro producto: las calugas. Eran más económicas que los chocolates y constantemente le preguntaban si tenía. “Era apasionado por los dulces y cuando tuve la oportunidad de vender, vendí chocolate. Todas las personas, los clientes me pedían caluga”, recuerda. En ese entonces, las calugas eran pequeñas y generalmente cuadradas, pero Monroy comenzó a pensar que podía hacer algo distinto para aprovechar esa demanda.
En los años 80 decidió cambiar el formato y apostar por una caluga mucho más grande, con nueces y un precio superior. La idea generó dudas y más de alguno le advirtió que nadie pagaría tanto por una caluga. Su señora también le había llevado desde Europa distintos dulces, entre ellos un calugón con ceniza, que le sirvieron como referencia para desarrollar su propio producto. La apuesta finalmente funcionó y los vendedores de confites comenzaron a comprarle el nuevo Calugón.
De las micros a todo Chile
El producto rápidamente comenzó a circular por Santiago de la mano de los vendedores ambulantes. Se ofrecía en las micros, en las calles y en las esquinas, pero también llegó a lugares como el Estadio Nacional y el Parque O’Higgins. “En esa época se vendía en todos lados”, recuerda Monroy. Los propios comerciantes comenzaron a buscarlo porque había clientes que preguntaban específicamente por el producto. Así, aquella caluga grande con nueces fue ganando espacio y terminó quedando asociada directamente al nombre de su creador: Calugón Pelayo.
Con los años, la distribución se extendió a distintos puntos del país y el producto se convirtió en una marca reconocida. Sin embargo, en 2006 Monroy decidió vender el nombre Calugón Pelayo. Él continuó trabajando y abasteciendo a quienes comercializaban el producto, pero posteriormente los nuevos propietarios vendieron la marca a otra empresa. Según relata, comenzaron a aparecer nuevas exigencias para poder continuar produciendo y las condiciones terminaron afectando directamente su negocio.
La situación finalmente llevó a Monroy a la quiebra. Después de décadas dedicadas al mismo rubro, tuvo que enfrentarse a la pérdida del negocio que había construido y de la marca que llevaba su propio nombre. “Fue muy duro eso, porque la verdad las cosas que uno piensa: ¿qué hago?”, recuerda. Sin embargo, la respuesta terminó estando en el mismo lugar donde había comenzado todo: volver a fabricar calugas y recurrir a los contactos que había construido durante toda su trayectoria.
Volver a empezar con su apellido
En 2019, a los 77 años, Monroy decidió emprender nuevamente. Ya no tenía la marca que había creado, pero contaba con algo que podía ser clave para empezar de cero: conocía a sus proveedores, a sus clientes y el funcionamiento del negocio. “Es más fácil emprender porque ya conozco los proveedores, conozco a los clientes”, explica. Así comenzó a recorrer nuevamente las calles y a visitar cliente por cliente para reconstruir la red comercial que había levantado durante décadas.
El regreso también estuvo acompañado por personas que habían trabajado con él durante la primera etapa. Monroy cuenta que logró pagar sus compromisos y que sus antiguos proveedores continuaron atendiéndolo. “A todo el mundo le pagué y me siguieron atendiendo igual”, asegura. Parte de sus antiguos trabajadores también siguió junto a él, algo que considera importante para esta nueva etapa. Esta vez, el producto regresó con un nombre diferente: Calugón Monroy.

El mercado ya no es el mismo de los años 80 y el producto tampoco tiene la presencia masiva que alcanzó durante su época de mayor éxito. Aun así, Monroy continúa buscando nuevos vendedores y recorriendo las calles para ofrecerles su calugón. Cuenta que incluso cuando encuentra a un comerciante que vende otros productos aprovecha de explicarle que también puede vender sus dulces. “La persona más pasa y le dice: ‘¿Usted tiene caluga? Porque yo pasé y le pido la Caluga Monroy’”, relata.
A sus 64 años y medio, Monroy sigue dedicado al mismo negocio que comenzó casi por casualidad cuando llegó a Santiago desde Nirivilo. En más de cuatro décadas pasó de vender chocolates a crear un dulce reconocido en todo Chile, construyó una marca, la vendió, enfrentó una quiebra y volvió a levantar su negocio desde cero. Hoy continúa fabricando el producto bajo su apellido, apostando nuevamente por aquella idea que alguna vez parecía demasiado arriesgada: una caluga grande, con nueces y capaz de convertirse en un clásico.