La historia de José Yévenes, el volantinero más longevo de Chile
Llegó a Santiago cuando era niño y conoció los volantines casi por casualidad, durante un septiembre. Desde entonces, convirtió esa fascinación en una vida dedicada al volantinismo deportivo: ha recorrido Chile, cosechado reconocimientos, fabricado sus propios implementos y alcanzado tanta notoriedad que hasta The New York Times llegó a entrevistarlo. Hoy, a los 80 años, sigue encumbrando y defendiendo una tradición que se niega a dejar caer.
Todo comenzó con un volantín
José Yévenes, el Halcón de Peñalolén, nació en un pequeño pueblo cercano a Chillán. Sus padres eran inquilinos de fundo y, cuando él tenía alrededor de 5 o 6 años, decidieron trasladarse junto a su familia a Santiago en busca de nuevas oportunidades. Al poco tiempo de llegar a la capital tuvo su primer encuentro con un volantín.
En medio de las celebraciones de Fiestas Patrias, las primeras que pasaba con su familia fuera del campo, levantó la mirada y vio por primera vez uno de estos objetos danzando en el cielo. No sabía cómo se llamaba ni cómo se hacía volar, pero quedó fascinado. Esa momento terminó marcando el rumbo de su vida.
Como en su infancia no tenía los recursos para comprar volantines, comenzó a fabricarlos por su cuenta. Entre ellos estaba la llamada “choncha”, un modelo sencillo que hacía cuando tenía apenas 5 o 6 años confeccionado a partir de papel de diaro. Décadas después, todavía recuerda aquel proceso y continúa confeccionándola, como una manera de volver a los comienzos de una historia que empezó con muy poco.
De jugar en la calle a competir profesionalmente
Con los años, el juego de infancia fue adquiriendo otra dimensión. José comenzó a dedicarse al volantinismo deportivo, participando en competencias y perfeccionando una práctica que terminó convirtiéndose en una especialidad. Lo que para muchos era una actividad propia de septiembre, para él pasó a ser una disciplina a la que dedicaría buena parte de su vida.
Su trayectoria se extendió durante cerca de 60 años, tiempo en el que recorrió distintas regiones de Chile para participar en actividades y promocionar el deporte. En ese camino acumuló cientos de reconocimientos dentro y fuera del país, convirtiéndose en uno de los rostros más conocidos del volantinismo chileno.
Su fama también comenzó a crecer gracias a las entrevistas y reportajes en los que participaba. Después de aparecer en los medios, personas que lo habían visto comenzaron a buscarlo para comprar sus volantines y también el hilo utilizado en las competencias. Así, casi sin planearlo, la fabricación de estos implementos terminó transformándose en una actividad que también ayudó al sustento de su familia.

Una historia que cruzó las fronteras
La particular historia de José no tardó en llamar la atención fuera del mundo del volantinismo. Su trayectoria y su dedicación a una tradición profundamente ligada a la cultura chilena llegaron incluso a medios internacionales. Tanta fue la notoriedad que alcanzó que periodistas de The New York Times llegaron a entrevistarlo, interesados en conocer la historia detrás de este hombre que, a sus 80 años, continúa practicando el deporte.
Para José, sin embargo, los reconocimientos y la fama no parecen ser lo más importante. Su vínculo con los volantines tiene que ver con algo mucho más personal. Es una actividad que lo ha acompañado desde niño, que le permitió recorrer el país y que, según él mismo asegura, todavía le entrega energía para continuar.
“Este deporte me ha hecho rejuvenecer día a día”, dice José. Y aunque reconoce que en el volantinismo se gana y se pierde, hay algo que considera mucho más importante que cualquier competencia: la relación entre quienes comparten esta práctica. “La hermandad volantinera no debe perderse nunca”, sostiene.
A los 80, sigue encumbrando
José vive en Lo Hermida, en Peñalolén, comuna cuyo nombre ha llevado a distintas competencias y encuentros vinculados al volantinismo. A sus 80 años, continúa practicando, fabricando sus propios implementos y transmitiendo lo que ha aprendido durante décadas a quienes recién se acercan a este deporte.
También insiste en que mantener viva esta tradición implica practicarla con responsabilidad. Para él, los volantines deben encumbrarse en espacios abiertos y siempre lejos de los tendidos eléctricos. La seguridad, la disciplina y la buena conducta son fundamentales para que el volantinismo siga siendo una actividad atractiva y pueda continuar pasando de una generación a otra.
Han pasado más de siete décadas desde aquella primera vez que José vio un volantín sobre Santiago. El niño que llegó desde las cercanías de Chillán sin imaginar lo que encontraría en la capital terminó dedicando su vida a perseguir el viento. Hoy, después de competencias, viajes, reconocimientos y hasta una entrevista con The New York Times, sigue mirando hacia arriba cada vez que un volantín comienza a elevarse.
Porque para José el volantinismo nunca fue solamente un juego de septiembre. Fue la actividad que lo acompañó durante toda su vida y que, a sus 80 años, todavía lo hace sentirse joven.