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A sus 87 años, Neftalí Ortiz sigue trabajando en el oficio que aprendió cuando era joven.

En Chillán, Neftalí pertenece a una generación en la que muchos oficios se aprendían mirando, ayudando y trabajando junto a quienes llevaban años ejerciéndolos.

Su historia con la sastrería comenzó precisamente en su propia familia.

Su padre era operario sastre y desde pequeño Neftalí estuvo cerca de las telas, los trajes y el trabajo manual. Recuerda que ayudaba a su padre en distintas tareas y así comenzó a familiarizarse con un oficio que terminaría acompañándolo durante gran parte de su vida.

Cerca de los 19 años decidió seguir ese camino y comenzó a trabajar formalmente en la sastrería.

Aprendió trabajando junto a personas que ya dominaban el oficio y, con los años, se especializó en una de las partes que requería mayor precisión: cortar los trajes.

Pero la forma de trabajar de Neftalí era muy diferente a la manera en que hoy estamos acostumbrados a comprar nuestra ropa.

Cada traje comenzaba desde cero.

Primero recibía al cliente y le tomaba personalmente las medidas. Después venía uno de los momentos más importantes: cortar la tela.

No trabajaba simplemente utilizando un modelo predeterminado.

"Yo se lo cortaba, le tomaba las medidas, le cortaba por las medidas. No tenía modelo para cortar, sino que así nomás, por las medidas", recuerda.

Era un trabajo en el que la experiencia, el ojo y las manos del sastre eran fundamentales.

Después del corte, otros operarios podían encargarse de avanzar en la confección del traje. Neftalí trabajó durante años de esta manera, preparando las distintas piezas para que posteriormente fueran armadas y cosidas.

Luego venía la prueba.

El cliente regresaba, se ponía el traje y Neftalí observaba cómo quedaba sobre su cuerpo.

Ahí comenzaban las correcciones.

Había que identificar qué sobraba, qué faltaba y qué debía modificarse para que finalmente el traje tuviera la forma adecuada.

A ese proceso lo llamaban "afinarlo".

Era el momento de darle al traje su forma definitiva y adaptarlo a lo que quería cada cliente.

De todas las etapas de su trabajo, hubo dos que Neftalí disfrutó especialmente.

"Lo que más me gustó fue cortar y probar".

Una frase sencilla que resume buena parte de una vida dedicada al oficio.

Su trabajo tampoco se limitó a los ternos tradicionales.

Durante años confeccionó trajes de huaso y fue testigo directo de cómo incluso esta vestimenta tradicional chilena fue cambiando con las décadas.

Recuerda, por ejemplo, que inicialmente se utilizaban pantalones bombachos. Con el paso del tiempo comenzaron a aparecer pantalones más angostos en las piernas y fueron cambiando los gustos y estilos de quienes encargaban estos trajes.

Neftalí no solo confeccionó ropa.

También pudo observar, desde su propio taller, cómo fue cambiando la manera en que nos vestimos y consumimos ropa.

Y quizás ese es uno de los aspectos más interesantes de su historia.

Porque el mundo de la sastrería que él conoció durante su juventud hoy es muy diferente.

Actualmente ya no confecciona ternos como lo hizo durante décadas.

Según cuenta, una de las principales dificultades es que prácticamente ya no existen los mismos operarios con los que antiguamente podía trabajar.

"No hay operario para trabajar", explica.

También asegura que es más difícil encontrar las telas que utilizaba antiguamente y que los hábitos de compra de las personas cambiaron.

La ropa producida masivamente terminó reemplazando buena parte de un trabajo que antiguamente se hacía completamente a medida.

Un cliente podía entrar a una sastrería, elegir una tela, dejar que le tomaran las medidas y regresar posteriormente a probarse una prenda creada especialmente para él.

Detrás de ese traje podían existir horas de trabajo y varias personas involucradas.

Hoy esa realidad es cada vez menos frecuente.

Pero Neftalí no ha abandonado completamente su oficio.

A sus 87 años todavía realiza pequeños trabajos.

Cambia cierres, hace arreglos y ajusta pantalones.

Quizás ya no existe el mismo volumen de trabajo de antes, pero sigue encontrando una razón para mantenerse activo.

Cuando le pregunté qué siente al continuar trabajando a esta edad, respondió:

"Bien, me entretengo".

Una respuesta muy simple después de una vida entera trabajando.

También le pregunté si se veía haciendo esto durante mucho tiempo más.

"Mientras la salud me acompañe".

Neftalí nació en 1938.

Eso significa que ha vivido transformaciones enormes en Chile y también en el mundo del trabajo.

Vio una época en la que un traje podía comenzar simplemente con una cinta para tomar medidas, una tela extendida sobre una mesa y el conocimiento acumulado durante años por un sastre.

Aprendió un oficio de su entorno familiar, comenzó a ejercerlo siendo muy joven, desarrolló una especialización y continuó trabajando en él durante décadas.

No necesitó cambiar constantemente de profesión.

Encontró algo que le gustaba y decidió perfeccionarlo.

Por eso, cuando le pregunté qué consejo le daría a los jóvenes que hoy están comenzando su vida laboral, volvió a responder desde su propia experiencia.

"Si les gusta, que sigan ellos trabajando en eso".

Y después agregó una frase que probablemente resume mejor que cualquier otra sus casi siete décadas dedicadas a la sastrería:

"Porque lo que me gustó a mí, me gustó y seguimos hasta el final".

En Emprendedor Chile normalmente contamos historias de personas que están creando empresas, lanzando productos, desarrollando nuevas tecnologías o buscando nuevas oportunidades.

Pero emprender y trabajar también tienen una historia que comenzó mucho antes de internet, las redes sociales y el comercio electrónico.

Está en personas como Neftalí Ortiz.

En aquellos que aprendieron un oficio mirando a otros trabajar.

En quienes desarrollaron una habilidad durante años hasta convertirla en profesión.

Y en quienes fueron capaces de ganarse la vida haciendo algo con sus propias manos.

Hoy, desde Chillán y a sus 87 años, Neftalí sigue haciendo pequeños arreglos y manteniendo vivo, a su manera, un oficio que lo ha acompañado prácticamente toda su vida.

Su historia también deja una pregunta para las nuevas generaciones:

¿Cuántos de los oficios que durante décadas fueron transmitidos de una generación a otra estamos dejando desaparecer?

Quizás conocer historias como la de Neftalí sea también una forma de conservarlas.