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A los 96 años sigue levantándose cada mañana para ir a su restaurante.

Cuando la mayoría de las personas ya lleva años jubilada, Patricio Bianchi sigue levantándose temprano cada mañana para ir a trabajar.

Lo más llamativo de su historia no es que tenga 96 años.

Es que decidió emprender a los 86.

Lo conocí en 2024, cuando fui a visitarlo a su restaurante Como en Casa, ubicado en los locales 111 y 112 de Avenida Holanda 067, en Providencia. Ahí continúa supervisando un negocio que comenzó cuando muchos ya habrían pensado en retirarse definitivamente.

Pero Patricio nunca fue una persona cómoda con la inactividad.

Durante más de tres décadas trabajó en una corredora de bolsa familiar. Era un trabajo estable, pero había un problema: nunca le gustó realmente.

“Los domingos sentía esa sensación que los norteamericanos llaman el Blue Sunday. Esa sensación de saber que al día siguiente tienes que volver a un trabajo que no te atrae”, recuerda.

Tras dejar esa etapa, pasó varios años vinculado al desarrollo de mercados de exportación para distintas viñas. Sin embargo, llegó un momento en que sintió que necesitaba volver a involucrarse en un proyecto que le diera propósito y desafíos.

Fue entonces cuando apareció la oportunidad de hacerse cargo de un restaurante que ya existía, pero que atravesaba dificultades.

Antes de tomar la decisión, hizo algo que recomienda a cualquier emprendedor: estudiar.

Analizó la ubicación, observó el flujo de personas, revisó costos y evaluó el mercado. Cuando concluyó que existían condiciones para hacerlo funcionar, decidió lanzarse.

Además, invitó a una persona de su confianza a sumarse como socia. Ella se hizo cargo principalmente de la operación gastronómica, mientras él aportó su experiencia en gestión y administración.

“Me largué”, dice entre risas al recordar esos primeros días.

La apuesta funcionó.

Con el paso de los años, Como en Casa logró consolidarse y construir una clientela fiel. El nombre no es casualidad. La propuesta siempre ha sido ofrecer comida casera y un ambiente cercano, tal como si las personas estuvieran almorzando en su propio hogar.

Pero más allá de los resultados económicos, hay algo que para Patricio tiene aún más valor.

Tener algo que hacer cada día.

“Me siento feliz todos los días de partir teniendo algo que hacer”, cuenta.

Su rutina comienza temprano. Desayuna, se prepara y parte al restaurante para supervisar la operación, resolver problemas y coordinar lo necesario para que todo funcione correctamente.

Porque, como él mismo dice, en cualquier negocio siempre aparecen problemas. Y enfrentarlos también forma parte de lo que lo mantiene activo y motivado.

Cuando le pregunté qué consejo le daría a quienes quieren emprender, su respuesta fue directa.

Estudiar bien el mercado.

Analizar la competencia.

Entender los costos.

Evaluar el abastecimiento.

Y, si es posible, emprender acompañado.

“Ojalá nunca solo”, afirma.

Según su experiencia, contar con un socio de confianza permite compartir responsabilidades, apoyarse mutuamente y enfrentar de mejor manera los desafíos inevitables de cualquier negocio.

Sin embargo, una de las reflexiones más profundas de la conversación surgió cuando hablamos de su vida profesional.

Le pregunté si había algo que haría diferente si pudiera volver a tener 20 años.

Su respuesta fue inmediata.

No habría vuelto a trabajar en la bolsa.

“Yo creo que habría explotado mucho antes la parte gastronómica”, reconoce.

Hoy siente que descubrió tarde una actividad que realmente le apasiona. Incluso asegura que, de haber encontrado antes ese camino, habría estudiado más y se habría preparado específicamente para desarrollarse en esa industria.

Y desde esa experiencia surge otro consejo que entrega con total convicción.

Si una persona lleva años en un trabajo que no la hace feliz, debería buscar un cambio.

“Si te levantas todos los días para ir a trabajar a algo que no te atrae, cambia. Nunca te va a dar felicidad”.

A sus 96 años, Patricio no habla de jubilar.

Habla de proyectos.

De clientes.

De solucionar problemas.

De seguir construyendo.

Porque para él, la edad nunca ha sido una razón para dejar de hacer cosas.

Y su historia demuestra que, a veces, el mejor momento para emprender puede llegar mucho más tarde de lo que imaginamos.